Derechos
"Tener una móvil con cámara no te hace periodista ciudadano. Yo tengo harina, levadura y un horno y no soy panadero ciudadano"
(Twitter, Manuel Marlasca @manumarlasca)
El pasado sábado 3 de mayo se celebró el Día, mundial, supongo, de la Libertad de Prensa. Son ya tantos los días mundiales de… que pronto habrá que celebrar los medios días, la mañana, la tarde, la noche de… Y eso es un mal síntoma, porque significa que algún derecho está amenazado o algo hay que vender apelando a la sensiblería.
Desde que me interesé por el mundo del Periodismo, siempre me pregunté si eran lo mismo la libertad de prensa y la libertad de información. En ocasiones, y pienso que interesadamente, se confunden ambos conceptos
(ya os he contestado a la pregunta, para mí no son lo mismo)
en un revoltijo ideológico del que muchos sacan partido, partido que se sustancia en poder, es decir, en dinero.
En mi opinión, la clave para entender dónde radica la diferencia de ambas libertades, sólo hay que hacerse una sencilla pregunta: ¿es el mismo el sujeto de ambos derechos? En principio, en teoría, podría parecer que sí, pero la realidad es muy otra. La libertad de prensa atañe a los medios en sí mismos o, por ser más exactos, a sus propietarios, aquellos que reclaman para sí el derecho a fundar un periódico, una emisora de radio, una televisión. Mejor aún, para aquellos que tienen la capacidad, económica, por supuesto, de convertirse en empresarios de la comunicación. Y no por motivos altruistas ni mucho menos, sino para obtener una rentabilidad ya sea monetaria o política. O ambas.
Si damos por buena esa premisa, el empresario de la información habrá de "pelear" con el Estado para que sus derechos no sean recortados, para que no se aprueben leyes que supongan una cortapisa a la creación y posterior desarrollo de los medios de comunicación. El usuario, el consumidor de noticias, queda reducido a ese papel, el de consumidor de un producto que le viene dado y sobre el que, en ningún caso, tiene poder de decisión. Para él son lentejas.
El derecho a la información, por el contrario, sí tiene como sujeto al ciudadano de a pie, un derecho que, hasta hace bien poco, se reducía a reclamar, a exigir una información rigurosa, veraz y no parcial (ver Mentir por omisión, esta misma columna pero del día 21 de abril). Así, el ciudadano debía pedir al empresario lo que éste peleaba al Estado. Una lucha desigual en la que no tenía arma alguna con la que reforzar sus peticiones.
Hasta ahora.
Hace unos días, en Radio Marca, decía Iñaki Cano que, para su trabajo, ellos no necesitaban a los deportistas, que podían llenar horas y horas de radio sin tener que utilizar sus declaraciones. Y puede que sea verdad, de hecho en la actualidad casi lo hacen, pero con quien han de contar siempre es con el usuario, con el consumidor, y éste está encontrando nuevas vías para informarse al margen de los medios tradicionales. Puede que el ciudadano de a pie no sea periodista, pero puede informarse e informar al margen de los llamados profesionales.
PS: El tuit que encabeza esta columna ejemplifica perfectamente el error en el que caen los ciudadanos periodistas cuando se arrogan en exclusiva un derecho que no es suyo en exclusiva. Sí, tienen derecho a la información, pero sólo en cuanto ciudadanos, no por su cualidad de periodistas.